La joya más cara

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Casi cada año se vende y se compra la joya más cara de la historia. Un título que dura muy poco porque, probablemente, mientras estáis leyendo esto, ya alguien está preparando otra gran subasta, llamando a millonarios caprichosos, a joyeros, a coleccionistas, en la que se pagará mucho más por otra joya y, entonces, como las misses, la anterior perderá su título.

El de la piedra preciosa de más valor del mundo seguramente acabará recayendo en un excepcional diamante azul de 122,52 quilates extraído en junio pasado de la mina sudafricana de Cullinan. Rareza, belleza y tamaño, son las razones que en subasta harán que arrebate el título al que por el momento sigue siendo el diamante más caro.

Se trata de una piedra rosa de 59 quilates, subastado en Ginebra por 83 millones de dólares en Sotheby’s. El ‘Pink Star’ –no podía llamarse de otra forma- mide 2,69 por 2,06 centímetros y fue extraído por el grupo De Beers en África en 1999.

Pero hay más. En octubre de 2013, el Guiness registraba como “La joya más cara del mundo” a L’Incomparable, un espléndido collar que pertenecía a la joyería Mouawad, de Singapur. No podía proceder de otro lugar: Singapur es actualmente el país con la mayor concentración mundial de millonarios, la única clientela posible para estas joyas que hacen historia.

El collar en cuestión lo forman 90 diamantes blancos de casi 230 quilates. Pero son meros acompañantes de un diamante amarillo de 407 quilates él solito. La historia de esta joya refleja a la perfección nuestro mundo de desigualdades endémicas. Esta piedra perfecta, según los especialistas, que encontró una niña congoleña mientras rebuscaba en un basural, lucirá en el cuello o dormirá en la caja fuerte de unos multimillonarios, que habrán pagado por ella un mínimo de 55 millones de dólares.

Probablemente compradores anónimos. Y eso nos permite fantasear sobre el destino de esa joya: ¿será un regalo de boda? ¿será el paso definitivo en la conquista de una mujer? ¿será el agradecimiento por el amor de toda una vida?

Puede tener un destino sentimental pero quizás –e incluso probablemente- sea todo lo contrario: una inversión, un acto calculado y calculador. Porque… ¿qué determina el valor de una joya? Evidentemente, si a las subastas nos remitimos, lo que el mejor postor esté dispuesto a pagar por ella.

Partimos de que las joyas más caras exigen diamantes. Ya lo dijo Marylin: son los mejores amigos de una chica. Pero el ojo frío y mercantil necesita valores para tasar una joya. Obviamente, los quilates. Eso establece un valor objetivo. Pero ese valor luego crecerá en las manos del maestro joyero, el que le da la forma, le aporta elegancia en el montaje, le proporciona con su arte un valor añadido. Además, con más o menos quilates, el valor de la piedra a veces está, sobre todo, en su excepcionalidad, en su rareza, en una especial belleza de forma, de matices, de color.

Y para los que guardan un fondo de romanticismo en el corazón, hay otro elemento que hace que una joya adquiera un valor incalculable: su historia. En 2012, un anónimo comprador norteamericano pagó 12,7 millones de dólares en Sothebys por una tiara que una vez perteneció a la princesa Katharina Henckel von Donnersmarck. Quiero pensar que no lo hizo sólo por el valor de sus enormes y preciosas esmeraldas colombianas en forma de pera y por los hermosos diamantes que las acompañan, sino que le dio valor a lo que esas piedras habían vivido. Mirando a través de cada esmeralda uno puede imaginar el brillo de los salones palaciegos. Y cada desgaste, cada pequeña rotura del engarce son la historia de las aristocráticas cabezas que durante generaciones la llevaron. Esas joyas antiguas, supervivientes de la voracidad de quienes optarían por desmontarlas para darle un uso más práctico, conservan una luz especial, la que vieron y vivieron quienes tuvieron la suerte de lucirla algún día.

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“Joyera de cuna”

Bettina Vega lleva el negocio de la joyería en su ADN. Nació en el seno de una familia de joyeros. “Desde muy pequeña tuve contacto con las joyas. Mi abuelo Alejandro comenzó trabajando de aprendiz en los talleres de la familia Sanz, una saga de joyeros de abolengo de Madrid. En 1909, ya con unos años de experiencia, pidió un préstamo a don Luis y a don Juan Sanz para ‘comprar las herramientas necesarias para ejercer el oficio de constructor de joyas’ (como recoge el documento original) y montar su propio taller”. Avalado por su padre Marcelino, “mi abuelo empezó así su propia aventura empresarial”.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, abuelo, en su taller. A la derecha, el préstamo con el que compró las herramientas para ejercer de ‘constructor de joyas’.

Cuando su taller ya estaba consolidado, “estalló la Guerra Civil y le requisaron todo”. Sólo pudo salvar la escobilla; las virutas y restos de oro y materiales preciosos que los joyeros barren y recogen cada día”. Y es que en una joyería “se guarda la basura, se sacude la ropa…, todo para recuperar esas virutas. Incluso cuando te lavas las manos hay un filtro que guarda los restos que puedan caer”, explica Bettina. La escobilla se lleva a un laboratorio de recuperación de metales donde queman toda la basura para recuperar el oro y la plata. “En un taller donde ha habido mucho trabajo la escobilla es bastante importante. Se calcula que entre el 8% y el 10% del metal que se manipula se pierde. Eso fue lo que sirvió a mi abuelo para salir de España con sus seis hijos, su madrastra y su mujer destino a París”.

Se instalaron en un pequeño hotel cuya dueña “les ayudó mucho porque sabía que eran exiliados. Se ganó la vida vendiendo diamantes y llegó a ser el primer español miembro de la Bolsa de Diamantes de Amberes. Cuando regresó a Madrid, una vez terminada la contienda, decidió seguir con ese negocio que había aprendido durante su estancia en París”. Se encontró “un país en construcción, en el que todas las joyas habían sido expoliadas y en el que el dinero había cambiado de manos, por lo que dedujo que la compraventa de diamantes que traía de Amberes podía ser un buen negocio”, cuenta Bettina.

El abuelo inculcó la pasión por las joyas a sus hijos Alejandro y Ángel, que comenzaron a trabajar en un taller para aprender un oficio que desde jóvenes conocían por su padre. Con el mismo espíritu emprendedor de su progenitor, “Alejandro, mi padre, y mi tío Ángel montaron su propio negocio y mi abuelo les suministraba las piedras. Así nació el taller A. Vega en los años 40″.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, padre, junto a dos de las joyas con las que ganó el premio nacional de joyería.

“Como mayorista –continúa Bettina- mi padre fue uno de los más importantes de este país. Ganó numerosos premios nacionales de joyería; creaba unas joyas espectaculares. No era diseñador pero tenía ideas brillantes, muy originales, y supo rodearse de un equipo de grandes profesionales. A mi padre siempre le gustó la alta joyería, se crió en la escuela francesa, que aprendió a amar durante sus años de vida en París, donde conoció a la mejor dibujante con la que trabajó: Madame Pondar”.

Por su despacho de la calle de Caballero de Gracia pasaron algunos de los empresarios más importantes del país; familias muy adineradas e incluso clientes que venían desde Latinoamérica. “Al morir mi abuelo, mi padre y mi tío se hicieron cargo de su negocio de diamantes. Todo el que quería un diamante de calidad sabía que en A. Vega lo encontraría”. Años más tarde, en 1994, “Alberto II, rey de Bélgica, concedió a mi padre la condecoración especial de primera clase por su trayectoria profesional como empresario a propuesta del ministerio de pequeña y mediana empresa de aquel país”.

Con su negocio en pleno auge, “mi padre comenzó a acudir a las salas de subastas más prestigiosas del mundo, como Christie’s o Sotheby’s. Le divertía mucho y acudía junto a su gran amigo José Antonio Sanz, nieto del joyero que prestó el dinero a mi abuelo para montar su taller. Las piezas que se subastaban eran impresionantes. Los hijos de la reina Victoria Eugenia heredaron su lote de joyas y algunos las estaban vendiendo por las mejores salas de subastas europeas. A mi padre le dio pena porque eran piezas de la corona de España. En 1977, en la sala Christie’s sacaron a subasta el collar que Alfonso XII regaló a Victoria Eugenia con motivo de su boda. La puja empezó a subir, él se calentó y le fue adjudicado por 18.000.000 de las antiguas pesetas. La noticia salió en los titulares del ABC: Vuelve a España el collar de chatones de la Reina Victoria Eugenia. “Fue una sensación única. Recuerdo que, cuando yo ya trabajaba con mi padre en los años 90, lo exhibimos en una feria en Barcelona y tuvo un éxito tremendo. El stand se llenó de curiosos que venían a ver el collar y a sacarse fotos junto a él. Tiempo después, mi padre lo vendió a un importante empresario catalán”.

Bettina comenzó muy pronto a visitar el taller de joyería de su padre, donde “me quedaba como hipnotizada viendo fundir el oro; con cuatro o cinco años todo me parecía mágico. Me llevaba con frecuencia a su despacho porque él veía mi interés y mi cara de ilusión cuando estaba allí. Me daba perlas y piedras para que hiciera collares. Con 11 años, iba a la calle de Pontejos a comprar cuentas y cadenas; me pasaba el día haciendo collares y otras piezas que luego vendía a mis tías y a las amigas de mi madre. Utilizaba las herramientas del taller y allí me pasaba muchas horas”. Así, Bettina se inició en el oficio de joyera desde la base. “Comencé a trabajar en el negocio de mi padre puliendo plata, quitando y poniendo a diario el escaparate, tareas que no querían hacer los demás”. Le acompañaba en sus viajes profesionales a París, siempre con ganas de aprender. “Me insistía en que el contacto directo con las piedras era la mejor escuela. En las grandes subastas veía joyas tan espectaculares que aún las recuerdo; piezas dignas de colección que sólo se suelen ver en esas ocasiones. Y el ambiente en esas salas tenía un glamour insuperable… Viajar con él era fascinante”.

Ocupada en el negocio y por sus estudios, Bettina obtiene el diploma en Gemología por el Instituto Gemológico Español y decide ampliar su formación lejos del entorno familiar. Se traslada a Nueva York para trabajar en la tienda del Waldorf Astoria de la prestigiosa firma de joyería Celline. “Conocer la dinámica del mercado joyero de la gran manzana fue una experiencia muy enriquecedora a nivel profesional y personal en mi vida”. A su regreso, junto con su hermano Alejandro se hizo cargo de la tienda que su familia abrió en el madrileño barrio de Salamanca. Pocos años después del fallecimiento de mi padre “decidí romper mis los lazos profesionales con la familia. Había llegado la hora de seguir mi camino en solitario”.

Bettina Vega

Bettina, en una imagen reciente.

Siempre inquieta en busca de nuevas técnicas y materias primas naturales, atraída por otras formas de trabajar los materiales preciosos, Bettina empezó a recorrer todo el mundo. “Me encanta el mercado asiático y visito todos aquellos países en los que se pueden encontrar los mejores diamantes, perlas y piedras preciosas del mundo”, explica. Es asidua, también, de las grandes citas internacionales y encuentros profesionales de su sector en Vicenza, Basilea, Las Vegas, Hong Kong, etc.

“De la joyería me gusta todo. Los metales preciosos, como el oro, porque es maravilloso ver cómo se recicla y no envejece nunca. Las piedras preciosas naturales son la magia; las observas y, a través de las inclusiones, ves todo un universo por dentro: la vida que transmiten, su procedencia, su historia… Una piedra preciosa es contemplar el resultado del trabajo de la tierra durante millones de años”.

La joyería es en la actualidad un sector en constante evolución. “Ahora que se demanda la joyería de consumo, con la plata como material en auge, puedo presumir de haber sido una de las pioneras en dar a la plata el estatus de joyería, cuando antes era considerada sólo como bisutería. En nuestro sector está pasando como con el textil y la moda en general: se demanda el pronto moda, lo que sea tendencia, y al mejor precio. Afortunadamente, siempre existirá la joyería de alta calidad con brillantes, oro, rubíes o esmeraldas, pero todas las grandes joyerías están sacando su línea de plata con diseños muy actuales, muy de moda, y por lo tanto pasajeros, a precios más asequibles. Las joyerías ya no son tiendas para la élite; están al alcance de la gran mayoría”.

Este contexto exige renovarse y crear colecciones nuevas constantemente: “Me dejo guiar por mi instinto de joyera, pero no es sencillo. Yo no soy diseñadora, soy joyera y, por lo tanto, sé si una piedra reúne la suficiente calidad o si las piezas están bien acabadas y construidas, que son factores imprescindibles para que una colección pueda tener éxito. Hoy en día, cualquiera se cuelga el título de diseñador de ropa o de joyas, pero diseñadores de verdad hay muy poquitos. Exige formación, estar muy preparado… y tener un talento innato. Desgraciadamente, buenos diseñadores hay 10 de cada 1.000 y genios salen uno cada cien años… Yo me nutro y aprendo de los grandes maestros y de ellos saco toda mi inspiración”.

Bettina sólo trabaja con “metales preciosos y con piedras de calidad. En la actualidad, con tantos tratamientos diferentes con los que se someten a las piedras preciosas, con tantos materiales nuevos, hay que ser un buen profesional para detectar las piedras que no son de buena calidad. La joyería es un negocio vivo, ahora todo es efímero y eso me ayuda a mantener viva mi ilusión y mi pasión por este oficio. Por eso, viajo y me formo constantemente para dar a mis clientes el mejor asesoramiento”, concluye Bettina Vega.

El rubí

Rubí, Modelo Heart colección Bettina Vega

Debe su nombre al color rojo (viene del latín rubeus) y fue en el año 1800 cuando se reconoció su pertenencia, junto con el zafiro, al grupo del corindón. Hasta entonces se calificaba como una piedra del ántrax.

La distribución del color es a menudo desigual, en bandas o en manchas. El color más codiciado es el denominado sangre de paloma, un rojo puro con una ligera tonalidad azulada. La sustancia colorante es el cromo y, en los tonos pardos, también el hierro. Como sucede con otros minerales, el rubí también puede ser sometido a tratamientos térmicos para que las piedras de menor calidad adquieran mejores tonalidades. En ocasiones, se encuentran piedras con inclusiones que no suponen una merma en su calidad y sí son prueba de la naturalidad del rubí frente a los sintéticos.

Cuando está en bruto, el rubí tiene un aspecto opaco y graso pero, una vez tallado, brilla tanto un diamante. El rubí es, junto con el zafiro, el mineral más duro después del diamante pero, por su fragilidad, hay que ser muy cuidadoso en su tallado y con su engarzado.

Las inclusiones o las tonalidades pueden orientarnos sobre el origen de la piedra. Los yacimientos de rubíes más importantes se encuentran en Myanmar, Tailandia, Sri Lanka y Tanzania aunque los hay menos relevantes diseminados por los cinco continentes.

Los rubíes tailandeses suelen tener una tonalidad parda o violeta. Los pozos de extracción llegan a los ocho metros de profundidad y se encuentran al sudeste de Bangkok. De los yacimientos de Sri Lanka se extraen rubíes de color rojo claro a frambuesa y de los ubicados en el noroeste de Tanzania se extraen piedras con tonalidades que van del violeta al pardo rojizo.

El rubí es una de las piedras preciosas más caras. Es muy raro encontrar rubíes de gran tamaño, de hecho, son más escasos que los grandes diamantes. El rubí tallado más grande se encontró en Myanmar, pesaba 400 ct y fue partido en tres.

El rubí es la piedra más venerada de la India y sus príncipes coleccionaban los ejemplares más preciosos, como el rajá de Hyderabad, Nizam al-Mulk, cuyo trono de oro macizo estaba decorado con un centenar de rubíes de 100 a 200 quilates cada uno.

Entre los rubíes más famosos por su extraordinaria belleza se encuentran el Edward (167 ct), conservado en el British Museum of Natural History de Londres; el Estrella de Reeves (138,7 ct), en el Smithsonian Institution de Washington; el Estrella De Long (100 ct), en el American Museum of Natural History de Nueva York y el rubí de la paz (43 ct) llamado así porque fue encontrado en 1919, al finalizar la I Guerra Mundial.

Historia, rubí, Bettina Vega

Innumerables rubíes forman parte de coronas reales y otras joyas dinásticas. Así, la corona bohemia de San Wenceslao (conservado en la catedral de Praga) lleva un rubí de unos 250 ct; la corona real inglesa lleva el Black Princes’s Ruby; otro collar también de la casa real inglesa luce el Timur Ruby, etc…

El anillo del Pescador del Papa Francisco I

El anillo de Pescador, que se entrega al Papa en una ceremonia oficial al inicio del pontificado, es el emblema del apóstol Pedro. Recibe ese nombre porque este apóstol era de oficio pescador hasta que Jesús lo convirtiera en pescador de hombres. El anillo, que lleva grabado el nombre del Pontífice correspondiente, es uno de los grandes símbolos papales y era utilizado para sellar los documentos oficiales.

Anillo del Pescador Francisco I_Bettina Vega

El Papa Francisco I, en una muestra más de su austeridad, ha introducido una novedad en su tradicional confección: el suyo no es de oro macizo, como el de su antecesor, sino de plata dorada. El metal plata, en latín, se denomina argentum, que es, curiosamente, la raíz del nombre Argentina, país de origen de Jorge Mario Bergoglio, el nuevo Papa…

En el anillo que Francisco I recibió el 19 de marzo durante la misa de inicio de Pontificado se puede apreciar la imagen de San Pedro con las llaves del Reino de los Cielos y es obra de Enrico Manfrini. Fallecido en 2044 a la edad de 87 años, Manfrini fue un conocido artista italiano que hizo diversas obras de arte sacro y que llegó a ser conocido como el escultor de los Papas. De hecho, el anillo no es nuevo: Manfrini lo diseñó en los años 60 para el pontífice Pablo VI aunque éste no lo eligió. Por este motivo, el anillo permanecía guardado junto a la tumba de San Pedro. Se lo propuso a Francisco I el maestro de celebraciones litúrgicas pontificias, Guido Marini, junto a otros dos modelos, que fueron descartados.

El anillo del Pescador suele ser destruido cuando el Papa fallece por el cardenal camarlengo con un martillo en una ceremonia solemne en la que también se destruye el sello oficial de plata del pontífice; es el símbolo del final de su autoridad. Sin embargo, el hecho histórico de la renuncia de Benedicto XVI suscitó una situación insólita, ¿qué hacer con su anillo? Finalmente, se decidió que no sería “destruido del todo sino que se anularía rasgándolo probablemente con una raya o una cruz de tal modo que queda inutilizable”, según confirmó el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, que, además, precisó que el anillo de Benedicto XVI se conservará en la colección de la Oficina de las Ceremonias Pontificias. Y es que Benedicto XVI ha sido el primer Papa desde el siglo XIX que encargó un anillo de pescador con la imagen incisa del apóstol Pedro arrojando las redes de pesca en el lugar que le indica Cristo (su predecesor, Juan Pablo II, por ejemplo, llevaba un simple anillo de oro con la forma de la Cruz).

Composición anillo Pescador Benedicto XVI y Juan Pablo II

El anillo de Joseph Ratzinger es una obra de arte única y tiene tallado en los bordes el nombre del Papa en latín: Benedictus XVI. La joya pesa 1.23 onzas (35 gramos) y tiene una forma elíptica que recuerda la majestuosa plaza de San Pedro con el imponente columnado del siglo XVII obra del gran artista italiano Gian Lorenzo Bernini.

La labradorita

Labradorita y colgante_Bettina Vega

La labradorita recibe el nombre de la península del Labrador (Canadá) porque fue el lugar en el que fue descrita por primera vez. Es una plagioclasa (conjunto de minerales) en tonos metálicos brillantes, entre los que los azules y los verdes son los más usuales.

Mineral bello y fascinante, la labradorita muestra todo su esplendor cuando la giramos para observarla desde la posición adecuada hasta que destella su brillante iridiscencia, que algunos denominan labradorescencia por ser tan específicamente suya.

Los yacimientos más importantes de este mineral se encuentran en Canadá, Australia, Madagascar, México, Rusia y EE UU.

La labradorita se emplea con frecuencia en collares, broches y anillos. Tradicionalmente de aspecto incoloro o pardo amarillento, últimamente han aparecido en el mercado labradoritas en colores intensos verdes, verdes pardos, rojo oscuro y rojo pardo.

La amatista

Amatista_Bettina Vega

La amatista fue en la antiguedad un amuleto contra la embriaguez. Según la mitología griega, Dionisio, dios del vino y el desenfreno, pretendía a una doncella llamada Amethystos (palabra griega que significa no ebrio), que deseaba su castidad. Así, la diosa Artemisa escuchó sus plegarias y transformó a la mujer en una roca blanca. Dionisio, humillado, vertió vino sobre la roca que se tiñó de tan atractivo color violeta.

En el antiguo Egipto la amatista se utilizaba para crear joyas, sellos personales y tallas. Posteriormente, ya en la Edad Media, el cristianismo la adoptó como símbolo de castidad y de renuncia a los bienes terrenales, de ahí que fuera una piedra preferida por los altos dignatarios de la Iglesia y que lucieron en sus anillos no pocos cardenales y obispos.

La amatista es la piedra más apreciada del grupo del cuarzo y sus cristales crecen siempre sobre una base. Sus prismas suelen estar poco desarrollados y es en las puntas donde tienen sus colores más intensos. Mediante tratamientos térmicos, de entre 470º y 750º C., se pueden producir variedades de color amarillo claro, pardo rojizo, verdes o incoloras que se consiguen al modificar el óxido del hierro que contiene la amatista, entre otras cosas.

Los yacimientos más importantes se encuentran en Brasil, Madagascar, Zambia, Uruguay, India, Canadá, México, Myanmar, Namibia, Rusia, Estados Unidos… y se pueden encontrar en drusas, grietas y placeres. Los mejores ejemplares se trabajan con facetas.

“Joyera de cuna”

Bettina Vega lleva el negocio de la joyería en su ADN. Nació en el seno de una familia de joyeros. “Desde muy pequeña tuve contacto con las joyas. Mi abuelo Alejandro comenzó trabajando de aprendiz en los talleres de la familia Sanz, una saga de joyeros de abolengo de Madrid. En 1909, ya con unos años de experiencia, pidió un préstamo a don Luis y a don Juan Sanz para ‘comprar las herramientas necesarias para ejercer el oficio de constructor de joyas’ (como recoge el documento original) y montar su propio taller”. Avalado por su padre Marcelino, “mi abuelo empezó así su propia aventura empresarial”.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, abuelo, en su taller. A la derecha, el préstamo con el que compró las herramientas para ejercer de ‘constructor de joyas’.

Cuando su taller ya estaba consolidado, “estalló la Guerra Civil y le requisaron todo”. Sólo pudo salvar la escobilla; las virutas y restos de oro y materiales preciosos que los joyeros barren y recogen cada día”. Y es que en una joyería “se guarda la basura, se sacude la ropa…, todo para recuperar esas virutas. Incluso cuando te lavas las manos hay un filtro que guarda los restos que puedan caer”, explica Bettina. La escobilla se lleva a un laboratorio de recuperación de metales donde queman toda la basura para recuperar el oro y la plata. “En un taller donde ha habido mucho trabajo la escobilla es bastante importante. Se calcula que entre el 8% y el 10% del metal que se manipula se pierde. Eso fue lo que sirvió a mi abuelo para salir de España con sus seis hijos, su madrastra y su mujer destino a París”.

Se instalaron en un pequeño hotel cuya dueña “les ayudó mucho porque sabía que eran exiliados. Se ganó la vida vendiendo diamantes y llegó a ser el primer español miembro de la Bolsa de Diamantes de Amberes. Cuando regresó a Madrid, una vez terminada la contienda, decidió seguir con ese negocio que había aprendido durante su estancia en París”. Se encontró “un país en construcción, en el que todas las joyas habían sido expoliadas y en el que el dinero había cambiado de manos, por lo que dedujo que la compraventa de diamantes que traía de Amberes podía ser un buen negocio”, cuenta Bettina.

El abuelo inculcó la pasión por las joyas a sus hijos Alejandro y Ángel, que comenzaron a trabajar en un taller para aprender un oficio que desde jóvenes conocían por su padre. Con el mismo espíritu emprendedor de su progenitor, “Alejandro, mi padre, y mi tío Ángel montaron su propio negocio y mi abuelo les suministraba las piedras. Así nació el taller A. Vega en los años 40″.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, padre, junto a dos de las joyas con las que ganó el premio nacional de joyería.

“Como mayorista –continúa Bettina- mi padre fue uno de los más importantes de este país. Ganó numerosos premios nacionales de joyería; creaba unas joyas espectaculares. No era diseñador pero tenía ideas brillantes, muy originales, y supo rodearse de un equipo de grandes profesionales. A mi padre siempre le gustó la alta joyería, se crió en la escuela francesa, que aprendió a amar durante sus años de vida en París, donde conoció a la mejor dibujante con la que trabajó: Madame Pondar”.

Por su despacho de la calle de Caballero de Gracia pasaron algunos de los empresarios más importantes del país; familias muy adineradas e incluso clientes que venían desde Latinoamérica. “Al morir mi abuelo, mi padre y mi tío se hicieron cargo de su negocio de diamantes. Todo el que quería un diamante de calidad sabía que en A. Vega lo encontraría”. Años más tarde, en 1994, “Alberto II, rey de Bélgica, concedió a mi padre la condecoración especial de primera clase por su trayectoria profesional como empresario a propuesta del ministerio de pequeña y mediana empresa de aquel país”.

Con su negocio en pleno auge, “mi padre comenzó a acudir a las salas de subastas más prestigiosas del mundo, como Christie’s o Sotheby’s. Le divertía mucho y acudía junto a su gran amigo José Antonio Sanz, nieto del joyero que prestó el dinero a mi abuelo para montar su taller. Las piezas que se subastaban eran impresionantes. Los hijos de la reina Victoria Eugenia heredaron su lote de joyas y algunos las estaban vendiendo por las mejores salas de subastas europeas. A mi padre le dio pena porque eran piezas de la corona de España. En 1977, en la sala Christie’s sacaron a subasta el collar que Alfonso XII regaló a Victoria Eugenia con motivo de su boda. La puja empezó a subir, él se calentó y le fue adjudicado por 18.000.000 de las antiguas pesetas. La noticia salió en los titulares del ABC: Vuelve a España el collar de chatones de la Reina Victoria Eugenia. “Fue una sensación única. Recuerdo que, cuando yo ya trabajaba con mi padre en los años 90, lo exhibimos en una feria en Barcelona y tuvo un éxito tremendo. El stand se llenó de curiosos que venían a ver el collar y a sacarse fotos junto a él. Tiempo después, mi padre lo vendió a un importante empresario catalán”.

Bettina comenzó muy pronto a visitar el taller de joyería de su padre, donde “me quedaba como hipnotizada viendo fundir el oro; con cuatro o cinco años todo me parecía mágico. Me llevaba con frecuencia a su despacho porque él veía mi interés y mi cara de ilusión cuando estaba allí. Me daba perlas y piedras para que hiciera collares. Con 11 años, iba a la calle de Pontejos a comprar cuentas y cadenas; me pasaba el día haciendo collares y otras piezas que luego vendía a mis tías y a las amigas de mi madre. Utilizaba las herramientas del taller y allí me pasaba muchas horas”. Así, Bettina se inició en el oficio de joyera desde la base. “Comencé a trabajar en el negocio de mi padre puliendo plata, quitando y poniendo a diario el escaparate, tareas que no querían hacer los demás”. Le acompañaba en sus viajes profesionales a París, siempre con ganas de aprender. “Me insistía en que el contacto directo con las piedras era la mejor escuela. En las grandes subastas veía joyas tan espectaculares que aún las recuerdo; piezas dignas de colección que sólo se suelen ver en esas ocasiones. Y el ambiente en esas salas tenía un glamour insuperable… Viajar con él era fascinante”.

Ocupada en el negocio y por sus estudios, Bettina obtiene el diploma en Gemología por el Instituto Gemológico Español y decide ampliar su formación lejos del entorno familiar. Se traslada a Nueva York para trabajar en la tienda del Waldorf Astoria de la prestigiosa firma de joyería Celline. “Conocer la dinámica del mercado joyero de la gran manzana fue una experiencia muy enriquecedora a nivel profesional y personal en mi vida”. A su regreso, junto con su hermano Alejandro se hizo cargo de la tienda que su familia abrió en el madrileño barrio de Salamanca. Pocos años después del fallecimiento de mi padre “decidí romper mis los lazos profesionales con la familia. Había llegado la hora de seguir mi camino en solitario”.

Bettina Vega

Bettina, en una imagen reciente.

Siempre inquieta en busca de nuevas técnicas y materias primas naturales, atraída por otras formas de trabajar los materiales preciosos, Bettina empezó a recorrer todo el mundo. “Me encanta el mercado asiático y visito todos aquellos países en los que se pueden encontrar los mejores diamantes, perlas y piedras preciosas del mundo”, explica. Es asidua, también, de las grandes citas internacionales y encuentros profesionales de su sector en Vicenza, Basilea, Las Vegas, Hong Kong, etc.

“De la joyería me gusta todo. Los metales preciosos, como el oro, porque es maravilloso ver cómo se recicla y no envejece nunca. Las piedras preciosas naturales son la magia; las observas y, a través de las inclusiones, ves todo un universo por dentro: la vida que transmiten, su procedencia, su historia… Una piedra preciosa es contemplar el resultado del trabajo de la tierra durante millones de años”.

La joyería es en la actualidad un sector en constante evolución. “Ahora que se demanda la joyería de consumo, con la plata como material en auge, puedo presumir de haber sido una de las pioneras en dar a la plata el estatus de joyería, cuando antes era considerada sólo como bisutería. En nuestro sector está pasando como con el textil y la moda en general: se demanda el pronto moda, lo que sea tendencia, y al mejor precio. Afortunadamente, siempre existirá la joyería de alta calidad con brillantes, oro, rubíes o esmeraldas, pero todas las grandes joyerías están sacando su línea de plata con diseños muy actuales, muy de moda, y por lo tanto pasajeros, a precios más asequibles. Las joyerías ya no son tiendas para la élite; están al alcance de la gran mayoría”.

Este contexto exige renovarse y crear colecciones nuevas constantemente: “Me dejo guiar por mi instinto de joyera, pero no es sencillo. Yo no soy diseñadora, soy joyera y, por lo tanto, sé si una piedra reúne la suficiente calidad o si las piezas están bien acabadas y construidas, que son factores imprescindibles para que una colección pueda tener éxito. Hoy en día, cualquiera se cuelga el título de diseñador de ropa o de joyas, pero diseñadores de verdad hay muy poquitos. Exige formación, estar muy preparado… y tener un talento innato. Desgraciadamente, buenos diseñadores hay 10 de cada 1.000 y genios salen uno cada cien años… Yo me nutro y aprendo de los grandes maestros y de ellos saco toda mi inspiración”.

Bettina sólo trabaja con “metales preciosos y con piedras de calidad. En la actualidad, con tantos tratamientos diferentes con los que se someten a las piedras preciosas, con tantos materiales nuevos, hay que ser un buen profesional para detectar las piedras que no son de buena calidad. La joyería es un negocio vivo, ahora todo es efímero y eso me ayuda a mantener viva mi ilusión y mi pasión por este oficio. Por eso, viajo y me formo constantemente para dar a mis clientes el mejor asesoramiento”, concluye Bettina Vega.