“Joyera de cuna”

Bettina Vega lleva el negocio de la joyería en su ADN. Nació en el seno de una familia de joyeros. “Desde muy pequeña tuve contacto con las joyas. Mi abuelo Alejandro comenzó trabajando de aprendiz en los talleres de la familia Sanz, una saga de joyeros de abolengo de Madrid. En 1909, ya con unos años de experiencia, pidió un préstamo a don Luis y a don Juan Sanz para ‘comprar las herramientas necesarias para ejercer el oficio de constructor de joyas’ (como recoge el documento original) y montar su propio taller”. Avalado por su padre Marcelino, “mi abuelo empezó así su propia aventura empresarial”.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, abuelo, en su taller. A la derecha, el préstamo con el que compró las herramientas para ejercer de ‘constructor de joyas’.

Cuando su taller ya estaba consolidado, “estalló la Guerra Civil y le requisaron todo”. Sólo pudo salvar la escobilla; las virutas y restos de oro y materiales preciosos que los joyeros barren y recogen cada día”. Y es que en una joyería “se guarda la basura, se sacude la ropa…, todo para recuperar esas virutas. Incluso cuando te lavas las manos hay un filtro que guarda los restos que puedan caer”, explica Bettina. La escobilla se lleva a un laboratorio de recuperación de metales donde queman toda la basura para recuperar el oro y la plata. “En un taller donde ha habido mucho trabajo la escobilla es bastante importante. Se calcula que entre el 8% y el 10% del metal que se manipula se pierde. Eso fue lo que sirvió a mi abuelo para salir de España con sus seis hijos, su madrastra y su mujer destino a París”.

Se instalaron en un pequeño hotel cuya dueña “les ayudó mucho porque sabía que eran exiliados. Se ganó la vida vendiendo diamantes y llegó a ser el primer español miembro de la Bolsa de Diamantes de Amberes. Cuando regresó a Madrid, una vez terminada la contienda, decidió seguir con ese negocio que había aprendido durante su estancia en París”. Se encontró “un país en construcción, en el que todas las joyas habían sido expoliadas y en el que el dinero había cambiado de manos, por lo que dedujo que la compraventa de diamantes que traía de Amberes podía ser un buen negocio”, cuenta Bettina.

El abuelo inculcó la pasión por las joyas a sus hijos Alejandro y Ángel, que comenzaron a trabajar en un taller para aprender un oficio que desde jóvenes conocían por su padre. Con el mismo espíritu emprendedor de su progenitor, “Alejandro, mi padre, y mi tío Ángel montaron su propio negocio y mi abuelo les suministraba las piedras. Así nació el taller A. Vega en los años 40″.

Alejandro Vega-Bettina Vega

Alejandro Vega, padre, junto a dos de las joyas con las que ganó el premio nacional de joyería.

“Como mayorista –continúa Bettina- mi padre fue uno de los más importantes de este país. Ganó numerosos premios nacionales de joyería; creaba unas joyas espectaculares. No era diseñador pero tenía ideas brillantes, muy originales, y supo rodearse de un equipo de grandes profesionales. A mi padre siempre le gustó la alta joyería, se crió en la escuela francesa, que aprendió a amar durante sus años de vida en París, donde conoció a la mejor dibujante con la que trabajó: Madame Pondar”.

Por su despacho de la calle de Caballero de Gracia pasaron algunos de los empresarios más importantes del país; familias muy adineradas e incluso clientes que venían desde Latinoamérica. “Al morir mi abuelo, mi padre y mi tío se hicieron cargo de su negocio de diamantes. Todo el que quería un diamante de calidad sabía que en A. Vega lo encontraría”. Años más tarde, en 1994, “Alberto II, rey de Bélgica, concedió a mi padre la condecoración especial de primera clase por su trayectoria profesional como empresario a propuesta del ministerio de pequeña y mediana empresa de aquel país”.

Con su negocio en pleno auge, “mi padre comenzó a acudir a las salas de subastas más prestigiosas del mundo, como Christie’s o Sotheby’s. Le divertía mucho y acudía junto a su gran amigo José Antonio Sanz, nieto del joyero que prestó el dinero a mi abuelo para montar su taller. Las piezas que se subastaban eran impresionantes. Los hijos de la reina Victoria Eugenia heredaron su lote de joyas y algunos las estaban vendiendo por las mejores salas de subastas europeas. A mi padre le dio pena porque eran piezas de la corona de España. En 1977, en la sala Christie’s sacaron a subasta el collar que Alfonso XII regaló a Victoria Eugenia con motivo de su boda. La puja empezó a subir, él se calentó y le fue adjudicado por 18.000.000 de las antiguas pesetas. La noticia salió en los titulares del ABC: Vuelve a España el collar de chatones de la Reina Victoria Eugenia. “Fue una sensación única. Recuerdo que, cuando yo ya trabajaba con mi padre en los años 90, lo exhibimos en una feria en Barcelona y tuvo un éxito tremendo. El stand se llenó de curiosos que venían a ver el collar y a sacarse fotos junto a él. Tiempo después, mi padre lo vendió a un importante empresario catalán”.

Bettina comenzó muy pronto a visitar el taller de joyería de su padre, donde “me quedaba como hipnotizada viendo fundir el oro; con cuatro o cinco años todo me parecía mágico. Me llevaba con frecuencia a su despacho porque él veía mi interés y mi cara de ilusión cuando estaba allí. Me daba perlas y piedras para que hiciera collares. Con 11 años, iba a la calle de Pontejos a comprar cuentas y cadenas; me pasaba el día haciendo collares y otras piezas que luego vendía a mis tías y a las amigas de mi madre. Utilizaba las herramientas del taller y allí me pasaba muchas horas”. Así, Bettina se inició en el oficio de joyera desde la base. “Comencé a trabajar en el negocio de mi padre puliendo plata, quitando y poniendo a diario el escaparate, tareas que no querían hacer los demás”. Le acompañaba en sus viajes profesionales a París, siempre con ganas de aprender. “Me insistía en que el contacto directo con las piedras era la mejor escuela. En las grandes subastas veía joyas tan espectaculares que aún las recuerdo; piezas dignas de colección que sólo se suelen ver en esas ocasiones. Y el ambiente en esas salas tenía un glamour insuperable… Viajar con él era fascinante”.

Ocupada en el negocio y por sus estudios, Bettina obtiene el diploma en Gemología por el Instituto Gemológico Español y decide ampliar su formación lejos del entorno familiar. Se traslada a Nueva York para trabajar en la tienda del Waldorf Astoria de la prestigiosa firma de joyería Celline. “Conocer la dinámica del mercado joyero de la gran manzana fue una experiencia muy enriquecedora a nivel profesional y personal en mi vida”. A su regreso, junto con su hermano Alejandro se hizo cargo de la tienda que su familia abrió en el madrileño barrio de Salamanca. Pocos años después del fallecimiento de mi padre “decidí romper mis los lazos profesionales con la familia. Había llegado la hora de seguir mi camino en solitario”.

Bettina Vega

Bettina, en una imagen reciente.

Siempre inquieta en busca de nuevas técnicas y materias primas naturales, atraída por otras formas de trabajar los materiales preciosos, Bettina empezó a recorrer todo el mundo. “Me encanta el mercado asiático y visito todos aquellos países en los que se pueden encontrar los mejores diamantes, perlas y piedras preciosas del mundo”, explica. Es asidua, también, de las grandes citas internacionales y encuentros profesionales de su sector en Vicenza, Basilea, Las Vegas, Hong Kong, etc.

“De la joyería me gusta todo. Los metales preciosos, como el oro, porque es maravilloso ver cómo se recicla y no envejece nunca. Las piedras preciosas naturales son la magia; las observas y, a través de las inclusiones, ves todo un universo por dentro: la vida que transmiten, su procedencia, su historia… Una piedra preciosa es contemplar el resultado del trabajo de la tierra durante millones de años”.

La joyería es en la actualidad un sector en constante evolución. “Ahora que se demanda la joyería de consumo, con la plata como material en auge, puedo presumir de haber sido una de las pioneras en dar a la plata el estatus de joyería, cuando antes era considerada sólo como bisutería. En nuestro sector está pasando como con el textil y la moda en general: se demanda el pronto moda, lo que sea tendencia, y al mejor precio. Afortunadamente, siempre existirá la joyería de alta calidad con brillantes, oro, rubíes o esmeraldas, pero todas las grandes joyerías están sacando su línea de plata con diseños muy actuales, muy de moda, y por lo tanto pasajeros, a precios más asequibles. Las joyerías ya no son tiendas para la élite; están al alcance de la gran mayoría”.

Este contexto exige renovarse y crear colecciones nuevas constantemente: “Me dejo guiar por mi instinto de joyera, pero no es sencillo. Yo no soy diseñadora, soy joyera y, por lo tanto, sé si una piedra reúne la suficiente calidad o si las piezas están bien acabadas y construidas, que son factores imprescindibles para que una colección pueda tener éxito. Hoy en día, cualquiera se cuelga el título de diseñador de ropa o de joyas, pero diseñadores de verdad hay muy poquitos. Exige formación, estar muy preparado… y tener un talento innato. Desgraciadamente, buenos diseñadores hay 10 de cada 1.000 y genios salen uno cada cien años… Yo me nutro y aprendo de los grandes maestros y de ellos saco toda mi inspiración”.

Bettina sólo trabaja con “metales preciosos y con piedras de calidad. En la actualidad, con tantos tratamientos diferentes con los que se someten a las piedras preciosas, con tantos materiales nuevos, hay que ser un buen profesional para detectar las piedras que no son de buena calidad. La joyería es un negocio vivo, ahora todo es efímero y eso me ayuda a mantener viva mi ilusión y mi pasión por este oficio. Por eso, viajo y me formo constantemente para dar a mis clientes el mejor asesoramiento”, concluye Bettina Vega.

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