La joya más cara

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Casi cada año se vende y se compra la joya más cara de la historia. Un título que dura muy poco porque, probablemente, mientras estáis leyendo esto, ya alguien está preparando otra gran subasta, llamando a millonarios caprichosos, a joyeros, a coleccionistas, en la que se pagará mucho más por otra joya y, entonces, como las misses, la anterior perderá su título.

El de la piedra preciosa de más valor del mundo seguramente acabará recayendo en un excepcional diamante azul de 122,52 quilates extraído en junio pasado de la mina sudafricana de Cullinan. Rareza, belleza y tamaño, son las razones que en subasta harán que arrebate el título al que por el momento sigue siendo el diamante más caro.

Se trata de una piedra rosa de 59 quilates, subastado en Ginebra por 83 millones de dólares en Sotheby’s. El ‘Pink Star’ –no podía llamarse de otra forma- mide 2,69 por 2,06 centímetros y fue extraído por el grupo De Beers en África en 1999.

Pero hay más. En octubre de 2013, el Guiness registraba como “La joya más cara del mundo” a L’Incomparable, un espléndido collar que pertenecía a la joyería Mouawad, de Singapur. No podía proceder de otro lugar: Singapur es actualmente el país con la mayor concentración mundial de millonarios, la única clientela posible para estas joyas que hacen historia.

El collar en cuestión lo forman 90 diamantes blancos de casi 230 quilates. Pero son meros acompañantes de un diamante amarillo de 407 quilates él solito. La historia de esta joya refleja a la perfección nuestro mundo de desigualdades endémicas. Esta piedra perfecta, según los especialistas, que encontró una niña congoleña mientras rebuscaba en un basural, lucirá en el cuello o dormirá en la caja fuerte de unos multimillonarios, que habrán pagado por ella un mínimo de 55 millones de dólares.

Probablemente compradores anónimos. Y eso nos permite fantasear sobre el destino de esa joya: ¿será un regalo de boda? ¿será el paso definitivo en la conquista de una mujer? ¿será el agradecimiento por el amor de toda una vida?

Puede tener un destino sentimental pero quizás –e incluso probablemente- sea todo lo contrario: una inversión, un acto calculado y calculador. Porque… ¿qué determina el valor de una joya? Evidentemente, si a las subastas nos remitimos, lo que el mejor postor esté dispuesto a pagar por ella.

Partimos de que las joyas más caras exigen diamantes. Ya lo dijo Marylin: son los mejores amigos de una chica. Pero el ojo frío y mercantil necesita valores para tasar una joya. Obviamente, los quilates. Eso establece un valor objetivo. Pero ese valor luego crecerá en las manos del maestro joyero, el que le da la forma, le aporta elegancia en el montaje, le proporciona con su arte un valor añadido. Además, con más o menos quilates, el valor de la piedra a veces está, sobre todo, en su excepcionalidad, en su rareza, en una especial belleza de forma, de matices, de color.

Y para los que guardan un fondo de romanticismo en el corazón, hay otro elemento que hace que una joya adquiera un valor incalculable: su historia. En 2012, un anónimo comprador norteamericano pagó 12,7 millones de dólares en Sothebys por una tiara que una vez perteneció a la princesa Katharina Henckel von Donnersmarck. Quiero pensar que no lo hizo sólo por el valor de sus enormes y preciosas esmeraldas colombianas en forma de pera y por los hermosos diamantes que las acompañan, sino que le dio valor a lo que esas piedras habían vivido. Mirando a través de cada esmeralda uno puede imaginar el brillo de los salones palaciegos. Y cada desgaste, cada pequeña rotura del engarce son la historia de las aristocráticas cabezas que durante generaciones la llevaron. Esas joyas antiguas, supervivientes de la voracidad de quienes optarían por desmontarlas para darle un uso más práctico, conservan una luz especial, la que vieron y vivieron quienes tuvieron la suerte de lucirla algún día.